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Τέμενος: la naturaleza sagrada

La arquitectura griega es una forma humana, geométrica y racional que se funda con la circundante, abstracta y voluble naturaleza cuyo propósito es representar un orden cosmogónico. Santuarios y templos exponen su majestuosidad, sobresale la estructura monumental fuera de la ciudad; naturaleza y arquitectura constituyen la imagen de un dios: la forma geométrica del santuario rodeado del vasto paisaje forjan una arquitectura religiosa donde lo divino y lo humano constituyen un nuevo orden; la abstracción natural y el foco racional humano convergen en la consagración del dios: Poseidón, Zeus, Apolo, Afrodita, Atenea o Deméter.
Santuarios y templos son el «todo» que ordena el espacio sagrado. No obstante es el τέμενος –el jardín sagrado–, la parte exterior del templo, el que inicia el ordenamiento a partir de la divinización de éste. Era habitual en la religión griega convertir un bosque, delimitándolo, en el recinto sagrado de un dios, y se oponía al espacio profano. Platón en sus Leyes (738d) defendió con determinación la división entre espacio divino y espacio cívico asegurando que «El legislador no debe cambiar en lo más mínimo nada de esto, sino que ha de asignar a cada circunscripción un dios, espíritu o héroe y, en la distribución de la tierra, debe atribuir a éstos en primer lugar recintos sagrados separados del resto del suelo». El τέμενος siendo, pues, el jardín consagrado a los dioses, era un espacio casi impenetrable para los helenos; excepto para aquellos que ingresaban con el único propósito de ofrecer un canto o un ritual para la deidad: el jardín contiene un recorrido sagrado que permite ir realizando los cánticos y ritos a medida que se avanza hacia el templo.

Y todo el recinto sagrado, entre alegres festines, resonó en cantos conforme al estilo triunfal. Los antiguos comienzos siguiendo, nosotros también queremos ahora, cual grato homenaje, que lleva el nombre de orgullosa victoria, cantar el trueno y el dardo de fuego lanzado por la mano de Zeus que levanta fragores (Píndaro, Ol., X, 76-80).

El paisaje griego representa una extensión de múltiples facetas, es de una fuerza avasalladora que en ocasiones el hombre no logra dominar. Las llanuras tesalias, el golfo de Corinto, las empinadas rocas del Parnaso, los cabos sobre el Egeo y la gran Acrópolis se convierten en τέμενοι; hogares sagrados en los que se levantan templos majestuosos incorporándose en el colosal paisaje. Esto supone, entonces, que cada jardín consagrado a un dios se convierte en un τόπος individual; esto quiere decir que representa un mundo dentro del mismo mundo griego. Dicha trascendencia del τέμενος la comprendía profundamente el hombre heleno; que el templo –la casa de la divinidad– es la única estructura arquitectónica que se erige dentro de un vasto paisaje natural: es la simbolización de un mundo dentro del mundo.
Pero, la consolidación y perpetuación del τέμενος no se dio solamente a partir de la estructura arquitectónica; el jardín sagrado se hace poesía y prosa. La glorificación del τέμενος aparece en todas las manifestaciones literarias griegas arcaicas, clásicas y helenísticas; el poder descriptivo del jardín sagrado es lo más habitual dentro de la literatura griega, pero esta exaltación del lugar no se dirige al monumental paisaje, sino a la maravillosa vegetación y bellas fuentes que se encuentran dentro del τέμενος y adornan el templo del dios: en Homero, por ejemplo, la descripción del bosque de Atenea (Od., VI, 289-294), y a los jardines de Beleforonte (Il., VI, 191-195) y Zeus (Il., VIII, 38-48) son las primeras expresiones literarias hacia el recinto sagrado del dios. En Las Argonáuticas órficas (887 ss.) Porfirio nos presenta uno de los últimos detalles poéticos más bellos de este espacio:

este jardín está consagrado a Ártemis, una de las diosas más veneradas, por lo que en el fondo del recinto, sucede un bosque sombreado por sus frondosos árboles, en el que hay muchos laureles, cornejos y esbeltos plátanos y hierbas que se cubren por una bóveda de raíces que dan en tierra: el asfódelo, la maravilla, el hermoso culantrillo, el junco, la juncia, la verbena, la anémona, la salvia, el erísimo, el ciclamen divino, la lavanda, la peonia y el policnemo de abundantes ramas, la mandrágora y la zamarrilla.

Apolonio de Rodas en sus Argonáuticas (IV, 1715-1718) ofrece, también, una descripción del recinto de Ares donde los elementos de un guerrero (escudos, cascos y lanzas) se convierten en la ornamentación del jardín.
Los cánticos y rituales dentro del τέμενος también ocupan un lugar esencial en la literatura: Aquiles ofreciéndole su cabello al Esperqueo (Il., XXIII, 140-148); en Baquílides se construye y se honra un canto al recinto sagrado de Ártemis (XI, 27-52) y se canta al jardín sagrado de Poseidón Petreo por el triunfo de Cleoptólemo (XIV, 15-22). En la Olímpica X pindárica (X, 76-77) se encomia un canto al jardín de Zeus por el triunfo de Hagesidamo; lo mismo que en la Nemea VI (VI, 37-44) donde en un jardín de Poseidón vuelve a celebrarse un canto. En la Medea (1378-1385) de Eurípides la maga y extranjera enterrará a sus hijos en el τέμενος de Hera además de hacer una solemne fiesta.
Otras exposiciones literarias entregan una correspondencia entre literatura y arquitectura donde los poetas e historiadores hacen unas puntualizaciones de la ubicación de los templos dentro del jardín como Homero cuando presenta la Tesalia sagrada (Il., II, 695-697), o Pausanias exponiendo el conglomerado de templos en un recinto sagrado de Epidauro (II, 29, 1) o el recinto de Beleforonte en un bosque de Corinto (II, 2, 4). Además, se anuncia una ciudad, en este caso Siracusa, como recinto sagrado de Ares en la Pítica I de Píndaro; o se declara y sentencia la Acrópolis de Atenas como lugar sagrado: τέμενος (Ar. Lis. 476-483; Paus. II, 13, 5).
El jardín consagrado a los dioses fue, sin duda, un lugar con unas caracterizaciones sorprendentes: existe una faceta estética de lo natural donde se pone de manifiesto lo apoteósico del paisaje pasando por lo más delicado y particular de este entorno. Sin embargo, el τέμενος se hace trascendencia y profundidad dado que el espacio está ofrecido en su totalidad a un dios, por lo que el heleno debe recrear la unidad, un mundo, en este lugar. Pero, si bien este paisaje natural será el hogar de una deidad también, tiene una vinculación con el hombre a partir del templo y, en consecuencia, tiene que constituirse un orden del cosmos. El τέμενος, entonces, es el paisaje sagrado donde confluyen naturaleza, divinidad y humanidad.

Carlos Andrés Gallego
Universidad Católica Luis Amigó. Colombia

Ilustración de Leidy Andrea Ríos Restrepo ©
Universidad de Antioquia. Colombia

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